domingo 8 de noviembre de 2009

¿Por qué le llaman pobreza cuando quieren decir...?

Recientemente he participado en la presentación de la iniciativa Universitarios del Milenio en las Juntas Generales de Gipuzkoa. En la misma nos dimos cita una representación de la totalidad del arco político del Parlamento Foral. Durante los próximos meses los estudiantes de la Universidad del País Vasco trabajaran los diferentes Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas. El primero de ellos, objeto de la presentación, es la erradicación de la pobreza, cuyas consecuencias sufren más de mil millones de seres humanos en nuestro planeta. Todas las fuerzas políticas mostraron su adhesión a tal fin. ¿Quién puede no posicionarse en contra de la pobreza? Enunciada de esta manera no se encontrará detractores a tal objetivo. Sería tanto como afirmar que uno no está en contra de la extensión del VIH o de la violencia de género. Pero como de pobreza estamos hablando y como la cuestión no radica en la generación de mayor riqueza si no en su reparto, estar contra la pobreza nos llevaría a manifestarnos contra la desigualdad. Desigualdad que genera el sistema capitalista, basado en la búsqueda egoísta del bienestar personal por encima del interés colectivo, la famosa mano invisible que guía el mercado. Todo lo cual nos llevaría a manifestarnos en contra del actual sistema económico que la causa. Me temo que enunciado así el citado Objetivo no concitaría tantas adhesiones en la Cámara Foral.

Coda.- Lejos de mi ánimo está criticar a tantas personas de buena fe e intención que participan en la campaña de erradicación de la pobreza.

domingo 25 de octubre de 2009

Resulta curioso (por no decir ridículo)

A continuación dejo el artículo que Jon Lasa y quien esto suscribe publicamos en Noticias de Gipuzkoa, con motivo de la antes conocida celebración del Día de la Raza. Fue después cuando nos enteramos que la cabra de la legión se llamaba "Golfa", cuestión ésta que hubiera sido objeto de análisis en el texto.

Resulta curioso (por no decir ridículo)

Resulta curioso (por no decir ridículo) ver el desfile de tropas de paz y reconstrucción del día 12 de octubre -antes Día de la Raza- por las calles de Madrid, pero más curioso aún resulta leer y escuchar los comentarios de muchos periodistas y creadores de opinión que insisten en el orgullo que les producen las Fuerzas Armadas y, sobre todo, hacen hincapié en la supuesta conexión que existe entre éstas y la sociedad civil.

Todos estos comentarios, todos ellos muy respetables, destilan un nacionalismo que, a lo largo del año, muchos intentan ocultar de una u otra manera. Me asombra año tras año el manido pretexto de que estos hombres y mujeres -miembros del Ejército- trabajan "al servicio de los demás".

Insisten quienes ensalzan estos días el orgullo militarista patrio en la necesidad de mostrar al Ejército como un cuerpo más de empleados públicos. Pues bien, lo tienen más que difícil porque, a diferencia de los carteros o los administrativos, si algo brilla en el pasado de este colectivo de empleados de las Fuerzas Armadas no es su servicio diario a la ciudadanía, sino su denodado empeño en la promoción de dictaduras. Esto es lo que explica que los maquinistas de tren, a diferencia de los militares, no necesiten anuncios para explicar lo importante que es su trabajo. Todo el mundo lo sabe.

También resulta curioso (por no decir ridículo) que este insigne cuerpo de funcionarios tenga que desfilar con su mascota -el animal más cuerdo de los presentes- delante del Gobierno y del jefe del Estado, así como del resto de autoridades -portavoces parlamentarios, presidentes autonómicos...- Es decir, que todo el dinero del contribuyente que se gastan en publicidad televisiva para hacernos creer que son sólo unos funcionarios normales y corrientes, lo mandan a tomar viento cuando son los únicos que presentan armas ante sus responsables políticos.

Claro que, quizá, nos deberíamos plantear la posibilidad de organizar cabalgatas con todo tipo de funcionarios. Por ejemplo, un desfile de técnicos de Igualdad el 8 de marzo. Me lo estoy imaginando, la calle Urbieta llena de banderas moradas y todos los técnicos de Igualdad de Euskadi marchando en formación con un koala.

Aunque el día que más ilusión me hará será el del patrón de los notarios, San Juan Evangelista. Qué gran momento, ver desfilar a todos los notarios por la Gran Vía de Bilbao con un león.

Viendo estos ejemplos, cabría llegar a la conclusión que eso de los desfiles es una tontería y que, si necesitan invertir tanto dinero en dar explicaciones sobre para qué vale el Ejército, quizá no valga para nada. Resulta curioso (por no decir ridículo).

viernes 2 de octubre de 2009

Sin comentarios

"Yo no sé dónde está la definición de rico o no rico, además es una palabra que no me gusta emplear (...) Sólo sabemos quienes son pobres, que son los que están por debajo del umbral de la pobreza. Es más difícil decir quién es rico. Podríamos decir que están en mejor posición las cien mil personas o el millón de personas que más ganan, pero tampoco hubiera sido razonable hacer recaer todo el esfuerzo sólo ahí"

Elena Salgado
Vicepresidenta Segunda
Ministra de Economía y Hacienda

sábado 12 de septiembre de 2009

La medida de una democracia


Foto: Reuters


Son múltiples las variables que pueden utilizarse para medir la democracia en un país. Esta semana la foto que acompaña a esta entrada da una medida de la democracia en el Reino de España. Garzón declara ante el Tribunal Supremo para dar cuenta del proceso iniciado para esclarecer los crímenes del franquismo. No es mi pretensión alabar la figura del juez, su trayectoria o los motivos que empujar a querer abrir (con escaso éxito) la citada causa. Pero mientras que durante los últimos meses hemos comprobado como en latinoamérica son juzgados y condenados los responsables de las diferentes dictaduras que padecieron por encima de las leyes de punto y final, en el Reino de España es el juez quien termina prestando declaración. Pues eso, la medida de una democracia.

miércoles 6 de mayo de 2009

Una imagen

Día uno de Patxi López. La sesión de investidura de ayer ha ocupado la portada de todos los medios escritos y las tertulias de radio y televisión han tratado el tema con profusión. Tendría que disponer de varios días para escribir las impresiones que me ha causado el hecho en sí, y las reacciones de tirios y troyanos. Sólo diré que me asombra como periodistas de villa y corte sufren una amnesia temporal que les impide recordar cuanto ha contribuido la ilegalización de candidaturas a ese resultado final que todos aplauden.

Como una imagen vale más que mil palabras, entre los ríos de tinta provocados por la elección de López como Lehendakari, me quedo con una viñeta de Vergara en Público que sintetiza gran parte de mi análisis.



Coda.- Casi se me atraganta la comida al escuchar a Arturo González en Las Mañanas de Cuatro afirmar que el principal reto del nuevo Lehendakari es conseguir que la selección española juegue un partido en el País Vasco.

sábado 2 de mayo de 2009

Entre El Príncipe y Utopía

En el siglo XVI, con apenas unos años de diferencia, Nicolás Maquiavelo y Tomás Moro escribieron El príncipe ("De principatibus") y Utopía ("De optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia") respectivamente.

El primero de ellos trata de ilustrar de qué manera se puede adquirir y perpetuar el poder, donde la moralidad de cada acción viene determinada por la utilidad para el anterior fin, aconsejando a los Príncipes ser temidos antes que ser amados.

En el segundo de ellos, Moro narra a través del explorador y filósofo Raphael Hythloday, una nueva civilización que encontró al desviarse de su ruta. La isla de Utopía se rige por la elección desde la base de la unidad familiar, de la figura del Príncipe, quien puede ser depuesto bajo la sospecha de la tiranía.

Durante los últimos años he conocido la aplicación práctica de El Príncipe y hace unos días hicimos pública nuestra intención de querer conocer Utopía. Dejo algunos buenos amigos en el camino, ellos saben quienes son y quiero que sepan que nada tengo que reprocharles, más bien todo lo contrario aunque de manera maliciosa les recomiende la lectura de Rebelión en la Granja.

Sólo queda darle unas notas de poesía a la despedida,




martes 28 de abril de 2009

Sit tibi terra levis

Suena el despertador, me incorporo, pongo la radio y entro en la ducha. Cuando salgo, Xabier Lapitz interrumpe la tertulia de Boulevard de Radio Euskadi. "Ha llegado a la redacción una muy mala noticia" anuncia el conductor del programa, "Javier Ortiz ha fallecido". Un nudo en mi estómago. Javier Ortiz, natural de Donostia, columnista, ha fallecido esta noche a los 61 años de un parada cardiorespiratoria. Siempre he sentido una admiración sincera por él y le he seguido por internet, radio, prensa y televisión. Nunca le conocí personalmente aunque guardo una anécdota a través de la red. Cursaba la asignatura de Franquismo, Transición y Democracia en la UPV, y me tocó hacer una exposición pública de los gobiernos de Felipe González. Sabía que Ortiz había publicado un libro que llevaba por título "El Felipismo de la A a la Z", pero era incapaz de encontrarlo en ninguna parte. Le escribí. Me respondió. Me envió su libro y aprovechó para impartir una magistral lección sobre la diferencia entre "haber" y "a ver". Nunca volví a olvidarlo.

No me extenderé sobre la biografía de Javier Ortiz. Hombre previsor donde los haya, dejó escrito su propio obituario que reproduzco a continuación.

Javier Ortiz, columnista

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.

Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).

Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro recién difunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)

La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.

Su primer trabajo como escribidor, aparecido en una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica, con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.

A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso que acababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.

A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.

Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación –y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.

Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.

En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.

Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.


Sólo me queda repetir la locución romana como epitafio, Sit tibi terra levis, que la tierra te sea leve.